Madrugada. La luna llena de agosto reclinaba inexorable sobre las oscuras ondulaciones de la colina. La pesadilla ya era sólo un recuerdo de ritmos descompasados de su corazón y sudor frío recorriéndole, en sentido ascendente, su columna vertebral. Recostado en la cama, con la boca reseca del tabaco, deseó ardientemente fumar, pero ninguno de los hombres, aves de la noche que oteaban impasibles los recovecos de la madrugada, estaba próximo. Él, un día de toses convulsivas, decidió dejar de fumar, pero su resolución no llegó más lejos de dejar de comprar tabaco en los estancos, y desde entonces guiado por el extraño deseo de aspirar el humo tóxico de los demás, se convirtió en un fumador empedernido del tabaco ajeno. “Maldito insomnio”- pensó mientras se secaba con un pañuelo el sudor que recorría su frente en forma de húmedas perlas-. “¿Por qué se me permite dormir a lo sumo cuatro horas?.
A veces maldecía no poder dormir más, le resultaba molesto despertar a las cinco de la madrugada y escuchar en la soledad de su amplio dormitorio el canto del gallo. Lucía, la mujer que había al otro lado de la cama, le resultaba una extraña. Había convivido con ella muchos años, pero el desamor, la incomprensión y la lucha diaria por ser alguien en el mundo, los había separado definitivamente, y ahora (y siempre) un telón de acero, colado en las acerías del infierno, separaba ambos lados de la cama. Se levantó lentamente, temiendo un vahído que nunca llegaba, y se dirigió, con una decisión impropia de la madrugada, a su amplio estudio. Rebusco la pistola entre los papeles del escritorio. Allí estaba. Fría, sin olor a pólvora. Definitivamente había sido una pesadilla y él aún moraba en el mundo de los vivos. Pero no conseguía dormir más de cuatro horas y eso lo atormentaba. Más aún cuando las pesadillas trastocaban sus planes y, a veces, no siempre, debía recurrir a la coca para parar los golpes de sus enemigos, que eran muchos y siempre en guardia. “¿Por qué tenía tantos detractores, tantas personas dispuestas a arruinarle la vida (y también la muerte), si él apenas había utilizado los resortes que la maldad pone diariamente a disposición de los hombres?”- pensó-. Realmente nadie le comprendía. Había renunciado a los pocos placeres que ofrece la vida por un sueño real y alcanzable. Y ahora que estaba próximo a los dedos de su mano, como un dulce melocotón pendiendo de las ramas bajas del árbol, nadie le sonreía, ni siquiera le hablaba. La mujer del otro lado de la cama, los hijos que dormían en las habitaciones de la planta alta, no entendían nada, sólo exigían (ora con llanto, ora con rabia) su presencia en los atardeceres cálidos, su alegría en las escapadas de los fines de semana. Pero ellos no entendían nada. “¡Si supieran algo de los enemigos que me rodean, incluso entre mis hombres, dispuestos a despedazarme como perros de presa, a la menor flaqueza que me observen!”. Se sentía sitiado por adversarios desalmados dispuestos a desgarrarle la yugular, como aquel jefe de servicio que le había jurado venganza eterna porque le acusaba de haber distribuido por los despachos anónimos rebosantes de injurias y mentiras interesadas. Y realmente así había sido. “¡Pero se trataba mí o de él!”- pensó mientras sus ojos se recreaban en la portada de un libro de André Malraux, que había ojeado la noche anterior-. Para él la vida se reducía a la lucha constante por la supervivencia. El darwinismo social que impregnaba todo su quehacer, le había impulsado en numerosas ocasiones a manipular a sus subordinados, a hacerles soñar con futuros profesionales de miel y rosas. Pero todos los sueños tiene su fin y algunos de sus subordinados habían dicho basta y, lo que es peor, habían engrosado las nutridas filas de sus enemigos. “Son unos desagradecidos”- pensó y por un momento se creyó su pensamiento-.
-Me voy para siempre. Y me llevo a los niños- Lucía, la mujer que dormía en el otro lado de la cama apoyaba la cabeza en el alféizar de la puerta-.
-”¡Es hermosa. Con ese cabello negro resbalando en sus sonrojados pómulos, con esos ojos castaños escrutando en el interior de los pensamientos!”- pensó sin decir nada-. Sabía que aquel momento llegaría tarde o temprano, pero desconocía el escenario en el que se desarrollaría el drama. Lo único que tenía era que cuando ocurriera la dejaría marchar, sin decir palabra. Ya no la quería, se había enamorado de otro sueño de contornos indefinidos, que le empujaba a tratar a las personas que le rodeaban como meros objetos.
Lucía Sánchez, la mujer que dormía en el otro lado de la cama, y los niños que dormían en las habitaciones de la planta alta, ya no eran sino estorbos en la consecución de su sueño.
-¡Vete!- dijo-. Nada te retiene en esta casa.
La mujer desapareció en la oscuridad del pasillo. La soledad volvió a reinar en el despacho. Él y sus chantajes, él y sus libros, él y su pistola. Abrió la novela de André Malraux y releyó una frase que le había obsesionado toda la noche: “no hay dignidad posible ni vida real para un hombre que trabaja doce horas al día, sin saber para que trabaja”. Arriba, en la planta alta, Lucía recogía frenéticamente las pertenencias de los niños. Abajo, en el despacho, el silencio resbalaba en el brillo metálico de la pistola. La pesadilla resurgía en su vida, y era real, y se podía palpar con los dedos. “Tanto sacrificio por algo que ahora no puedo compartir con nadie. ¿Para que sirve el poder si se vive en soledad?”- pensó mientras observaba las primeras claridades del amanecer ciñendo las siluetas de los árboles-. Acarició de nuevo el gatillo de la pistola, abrió la boca y se introdujo el cañón hasta muy adentro. Tres, dos, uno: ¡¡Boom!!. El disparo asustó al vecindario, pero Lucía, la mujer del otro lado de la cama, no se inmutó, siguió recogiendo las pertenencias de los niños como si tal cosa.
pd: este cuento, con todas sus imperfecciones, fue publicado en El Faro allá por 2002 ó 2003. Tenemos autorización de su autor para la publicación en losquenoentendemosdebaloncesto.blogspot.com
La pintura es de Salvador Dalí, como no podía ser de otra manera